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La Calle El Conde.

05/15/2008

Desde siempre mi fascinación por el casco histórico de la ciudad de Santo Domingo, Zona colonial, me ha llevado a viajes inmemoriables, de lo que debe sentir una persona por su tierra.
Nací en Ciudad Nueva. Entre viejos edificios, trataba de montar bicicleta, pero nunca pude, sino hasta los 18 años.
Recuerdo los dias en un edificio ubicado en las cercanias del parque de San Miguel. Viviamos en un cuarto piso, y estaba sin empañetar. Las escaleras eran una odisea, al abrise paso entre escombros de blocks rotos y fundas de cemento.

Recuerdo las tardes entre las tazas de café que mi abuela preparaba, frente a un viejo balcón, de donde divisaban las casas coloniales, con sus tejas roidas por el tiempo, el salitre y las cagadas de paloma. La brisa era más fresca que ahora. En una de esas tardes, conocí lo que es el tarot, con una señora de aspecto lúgubre como la noche, leyendo las manchas del café sobre un platillo con detalles bizantinos, y tirando las cartas sobre un mantel de colores y bordados tenebrosos.
Pero los días felices, vinieron cuando bajé por primera vez a la calle El Conde. Todo era bullicio, todo era una pasarela de ´fantamosos´ enseñando sus gruesas cadenas de oro (?). En esa época no habían tantos mendigos ni ´locos´.
Años más tarde, mientras estudiaba inglés en el Learning Center, recuerdo entrar por primera vez a una tienda de discos: Musicalia. ´Ring! Ring! ´89´ de Ramón Orlando, era la oferta de la semana, cuyo LP estaba colgado en la entrada.

Pero luego, los años pasaron, y mis visitas al Conde fueron mermando, hasta 1997, cuando una tarde la nostalgía llegó a mis ojos y no pude contener las emociones de visitar nueva vez las calles adoquinadas, los balcones deteriorados y los sueños rotos de subir a la azotea del viejo edificio donde crecí, para poder comprar mentas en la paletera desvencijada que tenía una señora inválida. Precisamente, comprando una ´Vitalidad´ ví un globo de helio, que surcada las nubes, y esa tarde fuí un niño feliz.
Tanto, que al recordarlo ahora, necesito un pañuelo para seguir escribiendo.

Pero ya de adulto, El Conde me envolvió en su magía. Visitaba La Cafetera y Petrus, para el café de la reflexión. Iba mucho a Musicalía, Tiago´s y Karen CD Store, para comprar discos en oferta. Entraba con frecuencia a Casa de Teatro, Centro Cultural de España y Fusión Rose, para darme un ´bañito de cultura´.

Actualmente, El Conde mantiene su toque, pero no como en antaño.
Antes, El Conde, era el Plaza Central y La Pulga del pueblo sin distinción. Todo mundo hacía su exfoliación de ego sobre sus baldosas.
Hoy, es una arterial comercial, no tan olvidada, pero relegada al recuerdo de épocas espléndidas. Aún así, es un buen punto de ncuentro para amigos y enamorados.

Esta semana estuve caminando por El Conde, y descubrí que realmente, esa calle no ha cambiado. Cambian las personas, los peatones, las tiendas y los vendedores ambulantes.
Pero solo dos cosas no cambian: la calle en sí y sus mendigos y/o orates.

pb